Shalom es mucho más que paz

Por Anthony Prete

dodad

 

Traducción y adaptación de un mensaje a la

Asamblea plenaria de 2003 de

la Conferencia General de los Amigos

(FGC por sus siglas en inglés)

en Johnstown, Pensilvania, EUA.

 

The Wider Quaker Fellowship
La Asociación de amigos de los Amigos

Traducción libre de Loida E. Fernández G. con la colaboración de Benigno Sánchez-Eppler y Susan Furry.

 

Traducido y reimpreso con permiso de Friends Journal,

y del autor, del Número de Noviembre de 2003,

© Derechos de autor, 2003, Anthony Prete. 

 

Translated and reprinted, with permission,
from the November 2003 issue of Friends Journal
,

© Copyright 2003 Anthony Prete.

 

Foto en la cubierta:  Cortesía de Barbara Benton y Friends Journal. www.friendsjournal.org

 

Shalom es mucho más que paz

 

Empiezo con dos preguntas: ¿Hasta qué punto nuestra oposición a la guerra nos está distrayendo de confrontar las condiciones que dan lugar a la guerra? Y ¿hasta qué punto nuestra dedicación al activismo social nos está impidiendo poner en juego el papel de Dios en el cambio social?

 

A través de los años, al haber indagado más profundamente en las escrituras, he descubierto de manera creciente las convicciones cuáqueras expresadas y apoyadas allí. Un ejemplo es la palabra hebrea shalom. Al descubrir su sentido bíblico más amplio y rico, reconocí que el mismo refleja lo que Jorge Fox describió como “esa vida y poder que quita toda ocasión para la guerra.”

La mayoría de las personas piensa que shalom significa “paz” en el sentido de “ausencia de conflicto.” Y aunque esto sea correcto, refleja el resultado final del shalom bíblico y no la esencia. Para llegar a la esencia de shalom, hemos de empezar por el verbo, ya que el hebreo es principalmente un idioma de acción y no de conceptos, una lengua que da prioridad a lo dinámico por encima de lo estático.

Esto queda bien claro: shalom, no importa cuán informal su uso, está ligado directamente con la justicia. Aún en tiempos bíblicos, el eslogan: “Sin Justicia no hay Paz,” era verdad.  Veremos hasta qué punto esto es cierto, al descubrir la gran variedad de significados que shalom tiene en el texto bíblico. Empezamos con el verbo, con la acción de “hacer shalom.”   

De uso cotidiano y concreto, la forma verbal de shalom significa “pagar.”  Pero este pago no es un favor o regalo, sino es más bien una obligación que surge de un acuerdo que tengamos tú y yo. Y tal acuerdo requiere una relación de confianza. Debemos estar dispuestos a confiar el uno en el otro y respetar lo que tal confianza requiere, pues de otra forma uno de nosotros podría descuidar o distorsionar sus obligaciones. Cuando cumplimos tales obligaciones, estamos haciendo shalom.

La Biblia también usa la palabra shalom como un término legal. En el libro de Éxodo, la sección que sigue a los Diez Mandamientos incluye muchas aplicaciones concretas. De estas, catorce son reglas prácticas sobre perder, robar o dañar la propiedad de otro. He aquí la primera: 

 “Y si alguno abriere un pozo, o cavare cisterna, y no la cubriere, y cayere allí buey o asno, el dueño de la cisterna pagará el daño, resarciendo a su dueño, y lo que fue muerto será suyo.” (Éxodo 21: 33-34)  

La palabra hebrea que se traduce como “resarcir” es la forma verbal de shalom. Aquí el asunto no es tanto de relación sino de responsabilidad – como los anuncios que uno ve hoy en día en tiendas de cerámica “si rompes algo, lo compraste.” Dicho de otra manera, si yo te causo una pérdida, estoy obligado a compensarte por lo que he destruido o tomado. Para que quede claro, ni te estoy haciendo un favor, ni estoy ejercitando mi benevolencia, sino que estoy haciendo lo que la justicia requiere. Esto también es hacer shalom.

Así que, cuando la Biblia usa el término shalom como verbo, está hablando de mantener lo que me corresponde en un acuerdo, o hacer una restitución si te he privado de algo que en justicia es tuyo- aún si lo hice sin saber o por error. Ambos usos implican acciones tangibles y precisas – acciones que producen o restauran un elemento de equilibrio. 

Como sustantivo, shalom tiene el significado básico de “suficiencia.”  Una vez más, el contexto es concreto. La suficiencia incluye comida, techo, vestido, tierra o trabajo. También incluye el sentido de estar satisfecho porque nuestros deseos legítimos se han conseguido. Nótese que digo deseos, no necesidades. El shalom bíblico no es suficiencia en el sentido de simplemente tener bastante para no pasar penuria. Es suficiencia en una escala mucho más grande. Es suficiencia con relación a la abundancia, no suficiencia con relación a la escasez.

Por supuesto, hemos de reconocer que en nuestros días, shalom como “suficiencia en una escala mayor” está demasiado lejos. ¿Quién de entre nosotros al mirar alrededor del mundo, no está consciente de que aún con relación a la abundancia, la suficiencia es muy escasa? Conocemos las cifras: en el planeta Tierra, 80% de los bienes y servicios son consumidos por el 20% de la población.

Véanlo desde este punto de vista: supongamos que mañana por la mañana en el desayuno de esta reunión, con todos los 1600 asistentes en cola en nuestros diferentes comedores, alguien va por las filas sacando a uno de cada cinco personas. Estos 320 Amigos se comen el 80% de la comida – si hay 3000 panqués ellos se comerían 2400 – más o menos 7,5 cada uno, que es mucho – pero estos Amigos son grandes comelones. Cuando terminan, se les permite a los 1280 Amigos restantes entrar y se les sirve el 20% de la comida – lo que significaría menos de la mitad de un panqué cada uno, cosa que no se puede considerar un buen comienzo de su día.  

La Biblia proclama una convicción de abundancia, no una convicción de escasez – y ofrece a la vez ejemplos poderosos de ambas. Sobre la escasez, encontramos la historia del Faraón en Génesis, el típico comerciante que se aprovecha de información privilegiada. Advertido por José de que después de siete años de abundancia se acabarían todos los cereales del mercado, el Faraón tiene pánico. Aun pudiendo considerarse la persona más rica del mundo, se pasa siete años acaparando el 20% de cada cosecha de granos de cada campo en Egipto – hasta este extremo llega su obsesión ante la posibilidad de no tener suficiente.

Cuando llega la quiebra, los egipcios tienen mucho grano–suficiente para que cada cual coma 7,5 panqués cada mañana. Pero para recuperar su propio grano, tienen que comprarlo. Para los que no tienen dinero, el grano no es accesible.  Aún más, el Faraón tiene el monopolio, de tal suerte que él puede manipular el precio a sus anchas. Donde la abundancia compartida pudo haber salvado a todos, la escasez empieza a cobrar sus víctimas, pues algunos están muertos de hambre y otros llenan los cofres del Faraón con su dinero.

Después del primer año, se acaba el dinero. ¿Decide el Faraón devolver el grano a las personas de quienes lo tomó? No lo hace. Su convicción de escasez no le permitirá eso. Así que la gente se ve forzada a intercambiar su ganado por grano. Luego el ganado se acaba, ¿qué más pueden vender? Génesis nos relata su dolorosa decisión: “cómpranos a nosotros y a nuestra tierra por pan” (47:19).  Ahora el faraón es dueño del dinero, del ganado, de la tierra y de los cuerpos de todos – todo a cambio del grano que él les confiscó en primera instancia. Así que no nos sorprende leer dos versículos más adelante: “y al pueblo, lo hizo pasar a las ciudades, [1] desde un extremo al otro del territorio de Egipto” (Génesis 47:21).

De la escasez a la esclavitud – es una historia recurrente, que repercute a través de los siglos. La avaricia crea la escasez, prospera en la escasez, la celebra. ¿Por qué otra razón tenemos hoy un gobierno que mantiene a las gentes encadenadas a ciudades desintegradas por medio de un sistema económico que adula a los ricos?  ¿Por cuál otra razón tenemos un imperio emprendedor que se alimenta de la escasez, y medios de comunicación que venden la escasez? La respuesta: porque quienes controlan el gobierno, la economía, las tiendas, y los programas de televisión son los verdaderos creyentes de la escasez. Y eso deja al 80% consumir un 20% - toma tu mitad de panqué y ¡cállate! La era de los faraones continúa.  

No hay paz en esto, no hay suficiencia, no hay equilibrio, no hay shalom. Es – como bien lo observara Jorge Fox – la ocasión de donde provienen las guerras. Aquellos que tienen, siguen apropiándoselo, y aquellos que no tienen, pierden lo poco que poseen. Si los perdedores no toman las armas, los que todo lo toman, sí lo harán. 

El Dios de la Biblia ofrece un escenario diferente. Éste también empieza en Egipto, pero la verdadera acción se da en el desierto donde la sobrevivencia depende del compartir. Una banda de esclavos que huyeron, guiados por un egipcio rebelde, ha estado vagando por el desierto por cerca de seis semanas cuando se les termina la comida. La variopinta bandada expresa su frustración contra Moisés, acusándolo de haberlos llevado al desierto sólo para matarlos. Pero su Dios, Jehová tiene una solución – y una condición. Se le anuncia a Moisés que Jehová provocará que caiga pan cada mañana, pero que del mismo sólo deben de recoger lo suficiente para el día.

A la mañana siguiente, el suelo está cubierto con una sustancia fina en hojuelas. Es el pan, explica Moisés y les explica la condición. Ellos la aceptan. Y el texto dice: “y lo recogían cada mañana, cada uno según lo que había de comer” (Éxodo 16:21). 

Cada uno según lo que había de comer. ¿Se pueden imaginar cuán difícil debió ser eso? Estaban tan hambrientos que al hacer comparaciones, la esclavitud en Egipto les parecía mejor. Ahora se les pide que confíen que cada día traerá una nueva provisión. A diferencia de los graneros del faraón, la provisión no se acabará. En lugar de dinero y ganado, su moneda es la confianza, confianza de que siempre tendrán suficiente. Y se las arreglan para conseguirlo. Cada día tienen cuanto necesitan – tienen suficiente, tienen shalom.

Cuando esta historia del maná es contada nuevamente y reinterpretada en los evangelios, el resultado es igualmente increíble: un lugar desierto, una multitud hambrienta – esta vez 5,000 sin contar niños y mujeres- y sólo cinco panes y dos peces.  Pero la escasísima comida es repartida, y sea por milagro o por la generosidad de los vecinos, todos comieron, nos dice el texto, y todos se saciaron. Y lo que es más, las sobras llenaron doce cestos. La escasez transformada en abundancia. Shalom reafirmada nuevamente.      

La palabra bíblica shalom, que recién exploramos, se extiende de sus significados básicos a una cantidad de significados adicionales. Para el verbo, el significado básico era “pagar” e “indemnizar.” Otros significados para shalom como verbo son: restaurar, terminar, sanar, recompensar. Todos estos implican responder a la obligación de cubrir las necesidades de un prójimo. Todos son actos de justicia.

La misma justicia se encuentra en la raíz del sustantivo shalom. Su significado primario  era suficiencia – cada uno teniendo lo que necesita, y confiando que sus necesidades continuarán siendo cubiertas. El sustantivo abarca aún más que el verbo: integridad, solidez, bienestar, seguridad, salud, prosperidad, calma, tranquilidad, contentamiento. 

¿No suenan maravillosas estas traducciones de shalom?  Las mismas expresan la paz que muchos de nosotros soñamos con alcanzar. Pero ¿es la paz lo que buscamos en verdad, o sólo paz de la mente? ¿Nuestra paz está fundada en la justicia, o quizás sólo en nuestra finura, o civilidad o la aprobación de los demás?  Si la buscamos porque extiende sus beneficios de abundancia, o porque frena la extensión de la escasez, o porque está del lado de aquellos que están privados de la suficiencia, y se quedan en el aire engañados por promesas vacías que no valen más que el billete de lotería del día de ayer, cuyos hogares, posesiones y cuerpos han sido robados, dañados o destruidos – entonces sí, venir a la paz es en verdad el venir al shalom.   

Pero la “paz” – ya sea la paz mundial o nuestra propia paz y calma – que es buscada sin relación a los requisitos de justicia, la que es obtenida sin ser medida con relación a los parámetros de suficiencia para otros – o peor, a costa de su suficiencia – tal paz, no importa cuán llamativa sea, no es shalom. Sin justicia no hay paz.

La Paz en el sentido de Shalom es algo que nosotros hacemos, no algo que sentimos. La misma no nace del simple ser agradables o “nice” con los demás, o de aceptarnos unos a otros, o de perdonarnos y alentarnos unos a otros. Shalom surge de ejercer la justicia unos con otros, y para muchos de nosotros eso significa ir más allá de nuestra familia y amigos, significa ir más bien hacia nuestros hermanos y hermanas que no tienen suficiente, que no pueden cubrir sus necesidades, cuyos pactos han sido violados, cuyas posesiones son tomadas y nunca restituidas. Sólo cuando podamos decir que hemos tratado de enmendar estos males, de rechazar la mentalidad de la escasez de la que surgen y reemplazarla con una mentalidad de abundancia de la que todos pueden disfrutar – solo entonces podemos decir que estamos alcanzado shalom.

Otras evidencias de la relación entre shalom (la paz) y la justicia aparece en las directrices bíblicas para el año del jubileo, encontradas en el capítulo 25 de Levítico. Celebrado cada 50 años, el jubileo era un tiempo “para proclamar la libertad a toda la tierra y sus habitantes” (v 10). Durante el Jubileo, las deudas eran perdonadas, se restauraba la propiedad, se cuidaba de los necesitados y se liberaba a los trabajadores esclavizados.  Todos estos eran actos de justicia y los beneficiarios experimentaban shalom.  Shalom en el sentido bíblico no es algo que uno obtiene por sí mismo, sino que es otorgado por otro – de la misma forma en que al dejar esta conferencia con un sentido más profundo de caminar hacia la paz, no hemos de agradecernos a nosotros mismos sino a los demás. 

Esto, entonces, es lo que pienso que la Biblia nos dice sobre shalom. Es la flor que retoña sólo en el árbol de la justicia plantado junto a las aguas de la abundancia y bajo la luz de la verdad y la fidelidad. 

 

Empecé con dos cuestionamientos: Hasta qué punto nuestra oposición a la guerra nos está distrayendo de confrontar las condiciones que dan lugar a la guerra? Y ¿hasta qué punto nuestra dedicación al activismo social nos está impidiendo poner en juego el papel de Dios en el cambio social?  Espero que mis comentarios sobre shalom hayan brindado alguna aclaración sobre la primera.

 

Ahora consideremos la segunda:  

En las escrituras, lo opuesto al shalom no es la guerra, sino el caos. No me refiero aquí al caos como teoría matemática, ni a los embotellamientos de tráfico, ni al que encontramos en el cuarto de un adolescente. El caos en el sentido bíblico es la condición que existía antes de la creación. Y la creación bíblica es la doma del caos, de tal manera que se dé la abundancia y que pueda florecer el shalom.

Para los pueblos antiguos el caos era un reto constante. Sin aviso previo las fuerzas de confusión, de disminución y destrucción podían aparecer trayendo consigo dificultades individuales, problemas sociales o aún el colapso del orden cósmico. Shalom era la alternativa al caos; un refugio contra su espectro aterrorizante y un baluarte que lo mantiene a raya.

El fundamento para la seguridad de Israel de que el shalom vencería al caos, está en los pasajes que abren el relato bíblico, en los siete días de la creación (Génesis 1:1 - 2:3).

Este es un texto muy elaborado, con significación en cada palabra. El hebreo comienza con una complicada oración de diecinueve palabras que abarca los dos primeros versos. No dejen que los engañen las traducciones; es una oración muy difícil de desenredar. Dice que cuando Dios empezó a crear, ya existían los cielos, el mundo, y algo llamado las profundidades. Se nos dice que el mundo es tohu vabohu – una expresión cuyo significado es dudoso porque solamente aparece aquí y en Jeremías 4:23, donde hace referencia a la condición antes de la creación. Muchas traducciones dicen “vacío y desolado.” Pero con más precisión sería “un reguero deformado.” La “profundidad” es agua, pero desde el punto de vista de un pez – todo lo que miras a tu derredor. El único heraldo de esperanza es el “ruah” de Dios (el soplo o aliento o espíritu de Dios) cerniéndose o temblando sobre las profundidades.  

El panorama general es uno de caos, y no sólo en las palabras – la oración en sí es caótica. Pero la siguiente oración marca el principio del caos conquistado. Tiene sólo cuatro palabras, dos de ellas repetidas como una sola palabra: literalmente, “Dijo Dios hága-se luz, luz-se-hizo.” Con una exquisita sencillez y franqueza, el texto nos dice que Dios empezó a tomar control.  La siguiente oración también tiene sólo cuatro palabras, dos de las cuales son de la oración anterior: “Vio Dios luz buena.”  Y la oración final:  “Separó Dios luz de oscuridad.” Se asienta la primera línea divisoria, la calma está marginando al caos.   

El Dios poderoso está amansando el caos, esto queda claro. Pero muchas religiones antiguas aseguraban que sus dioses conquistaban el caos. La clave es cómo, y aquí el hebreo es claro: en cada acto creativo de Dios, Dios no manda, Dios convida:  “Haya....” es una invitación, no una orden, y así el caos es conquistado porque Dios llama y algo responde. Se está convocando una asociación de colaboradores.  

Entonces, lo primero que hay que notar es que Dios conquista el caos al compartir el poder. Lo segundo es que Dios invita a esta creación a ser abundantemente auto-sustentable – y la misma acepta.  Cielo, tierra, mar – todos empiezan a producir vida. El sexto día es reservado para las criaturas que “tienen el hálito de vida” – los animales, luego el terrícola (porque ese es el significado de la palabra hebrea adam).

Primero Dios los crea “a imagen de Dios,” lo que significa que ellos han de hacer lo que Dios hace: vencer el caos. Enseguida Dios les dice: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y protejadla [no sojuzgadla] y cuidad [no señoread]… en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.”  Suena como un mandato, pero el texto lo llama una bendición, indicando que es una afirmación del papel y la responsabilidad de los terrícolas de continuar con la defensa divina contra el caos. Finalmente, Dios le da a los habitantes de la tierra como su alimento todo lo que crece en la misma. 

¿Qué es lo que sucede?  Donde hubo caos ahora hay orden. Y por ese orden, hay suficiente para todos: el Dios de la abundancia garantiza la suficiencia y al hacerlo garantiza shalom.

El relato vuelve a darle a Dios la responsabilidad de todo, asegurando la cooperación y la abundancia. Lo que significa que hemos de quitar de nuestras listas de preocupaciones las palabras “falta de” – falta de esto o falta aquello. Hay suficiente, y está bajo nuestro control. Suficiencia y satisfacción, “¡shalom doble!” Y eso es lo que nos deseamos cuando nos saludamos con “Shalom.”

Pero para aquellos que creen en la escasez – los que adoran al dios de la escasez – las palabras “falta de” quedarán al principio de su lista. Esto no es por casualidad, es la consecuencia de una ideología muy cuidadosamente mantenida, nacida de gobiernos avaros, de empresarios que se ceban, y del poderío militar. Convencidos de que no hay suficiente para todos, estos discípulos de la escasez se abalanzan y conspiran para “coger lo suyo” tanto como sea posible, más de lo que necesitan porque “uno nunca sabe” aunque sí saben que dejarán a otros sin lo suficiente.

Estos comerciantes del poder – sea político, económico, militar, psicológico o religioso – han dejado que la dominación, la avaricia y la rectitud egoísta encierren al shalom en un rincón oscuro de sus corazones. Y tal parece que nada de lo que digamos o hagamos lo puede sacar. Nos esforzamos en subvertir su dominación, o avergonzar su avaricia, o exponer su egoísmo, pero no podemos persuadir a su shalom que salga de la oscuridad.  Sólo Dios puede convertir al corazón humano, moviendo el shalom al centro y protegiéndolo de todo cuanto amenaza su posición o quiere sofocar sus expresiones prácticas.

Dios puede hacerlo pero no lo hace. Dios no aviva el shalom en sus corazones. Dios no los libera de su apego a la escasez. Dios no refrena su mano cuando toman lo que deben de pagar, o se alejan de lo que han destruido o dañado, o sustituyen la suficiencia con hambre. En todo esto, Dios no hace nada.

¿Qué clase de Dios es este que no hace nada ante tal injusticia? ¿Quién quiere este tipo de Dios?  ¿Un Dios frío, insensible e indiferente, que no parece darse cuenta de lo que está sucediendo – del dolor, la persecución, la enfermedad, el hambre, el abandono, los cientos de miles que mueren de SIDA cada año? ¿Cómo puede Dios permanecer tan distante, sordo, indiferente cuando estas atrocidades siguen sin tregua?  

Estas preguntas no son mías, son más bien de la Biblia. Las encontrarás en las oraciones bíblicas conocidas como lamentos. Y yo sugiero estos lamentos – u otros parecidos – como una manera de hacer el trabajo de la justicia para que podamos alcanzar la paz. 

La mayoría de los lamentos bíblicos están en el libro de los Salmos. Entre los más poderosos lamentos personales están los salmos: 7, 10, 13, 22, 25, 38, 42, 54, 55, 57, 59, 70, 71, 86, 88, 120, 130. Otros incluyen los salmos: 3-6, 17, 26, 28, 31, 35, 43, 51, 61, 102, 109, 140-143. Los lamentos comunitarios (colectivos) son menos: Salmos 74, 80, 85, 123 así como el 12, 60, 83, 90, 94, 137. En el Libro de las Lamentaciones, todos los cinco capítulos son un clamor para que Dios venga y mire la destruida ciudad de Jerusalén–un testimonio conmovedor de la fe de Israel, porque Dios permanece ausente.  Para una expresión contemporánea de los lamentos personales vea: Psalms of Lament (Salmos de Lamento) de la poeta Ann Weems, escrito después del asesinato de su hijo que tenía solo 21 años. 

El lamento es un tipo de oración tan audaz y alarmante y exigente, que no es fácil de pronunciar.  Es una protesta, echada no en la cara de algún tirano humano sino con desafío en la cara de Dios.  El lamento no es oración de tímidos, de pordioseros estrechando su cuenco y apelando a la lástima divina.  El lamento usa un lenguaje atrevido, explícito, sin barniz.  Espeta lo que el lamentador está sufriendo y cómo Dios debe de responder.  El lamento le da voz al dolor, al abuso, a la soledad, y a la opresión – se lo echa en el regazo a Dios y exclama, “¡Ahí lo tienes!  ¡Ahora resuélvemelo!”

Puede que a muchos de nosotros no nos haga falta el lamento; tal vez nuestros problemas no sean lo suficientemente serios para arriesgarnos a llamar a Dios a contar.  Si esto es cierto en tu caso, pon atención:  Tú eres precisamente el que tiene que servir como la voz de aquellos que necesitan el lamento desesperadamente pero no pueden expresarlo.  Tú tienes que representarlos, suplirlos, abogar por ellos.  Esto es el significado de participar en la comunidad de fe, en la familia humana, y más aún, de la Tierra misma.  La decisión no es tuya, es una obligación que brota de la exigencia de la justicia.  Es más, toca directamente a la fuente de la justicia, que es Dios, y es capaz de poner esa fuente a moverse.  Es la obligación que nos califica para recibir shalom.

El lamento testifica acerca de una peculiaridad del Dios de la Biblia. Olvídense de todo lo que se les dijo acerca del Dios que lo sabe todo. Este Dios necesita que se le diga. Antes de que este Dios pueda intervenir, la persona que está sufriendo – o su representante – tiene que decirle a Dios lo que está mal, presentar su caso, y abogar por su causa. Eso es lo que dice el texto bíblico, una y otra vez. Hay que hablar del dolor de manera articulada, hay que darle una forma palpable en palabras. Parece, que sólo entonces Dios puede hacer algo al respecto. 

Esto significa que Dios no es Dios espontánea y unilateralmente. Cuando Dios actúa, es debido a un diálogo, porque la cara desolada del sufrimiento ha captado Su atención – frecuentemente con un lenguaje áspero – y ha exigido ayuda a Dios.

Lo que sucede aquí es la continuación de una relación, de un pacto. Recuerden la historia de la Creación: este Dios es un Dios relacional, un Dios que nos tiene a los terrícolas humanos como socios en gran estima, que no violará nuestra libertad, ni se entrometerá en nuestras vidas sin que se lo solicitemos. Esto es una profunda limitación auto-impuesta por Dios a Dios. El mismo Dios que ardientemente desea nuestra realización, nuestra felicidad, nuestra seguridad, que ofrece abundancia, que puede calmar el caos – este Dios no reparará nuestros daños, ni curará nuestras enfermedades, ni compondrá nuestros errores, ni limpiará nuestras suciedades, a menos que sea llamado a nuestras vidas. El testimonio bíblico es consistente: Dios actúa cuando se le llama para actuar, y entre más honesta, directa, específica y exigente sea esta llamada, más probable es que Dios intervenga. 

Así que, nosotros somos los catalizadores de Dios. Somos la chispa que prende la mecha, el interruptor que prende la luz, la llave que abre la puerta. Las palabras de Isaías son verdad: “nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos, todos nosotros” (Is. 64:8).  Pero como cualquier experto atestiguará: el alfarero responde al barro tanto como el barro responde al alfarero.

Entonces, ¿qué hemos de hacer con este poder que el alfarero nos asigna? Les digo que hemos de usarlo para efectuar shalom para nosotros y para todos aquellos a quienes nos sintamos llamados a representar. Lo hacemos porque anhelamos el tiempo cuando el hambre haya sido satisfecha y se haya mitigado el miedo al grado tal que el lobo y el cordero puedan descansar juntos (Is. 11:6); lo hacemos al presentar delante de Dios la escasez, al presentarla en su particular horror: dolor, hediondez, y fealdad y al decir: “Oye tú, necesitas arreglar todo esto.”

Todos los lamentos bíblicos comparten una característica esencial: la convicción. Sus palabras son un grito del corazón que expresa un dolor profundo, una necesidad corroedora, una degradación vergonzante – y la convicción de que Dios lo aliviará. Sin esa convicción, sus palabras serían vacías y nada cambiarían. 

Si es verdad que todos somos llamados a ser lamentadores suplentes, entonces nuestra senda está muy clara: hablen, digan lo que conocen sobre el dolor que la escasez inflige sobre los pueblos del mundo – de verdad sobre la tierra misma. Hablen de lo que han experimentado. Hablen de lo que han sentido.

Para hablar con tal convicción, no tienes que ser una víctima tú mismo. Pero debes estar tan cerca de las víctimas que algo de su dolor se te pegue, se te meta por los poros, y se quede impreso en tu mente. Sólo entonces puedes hablar con la voz de una víctima, y tu discurso tendrá la convicción al insistir en que Dios ponga atención y brinde ayuda.      

La convicción está en el corazón de cada protesta, de cada marcha, de cada petición. Tal vez la misma no sea evidente para la gente a tu alrededor, o si lo es, puede que la juzguen ingenua o extravagante. Pero será claro para Dios y allí es donde a fin de cuentas descansa su eficacia. Sea que nos lamentemos con palabras o con acciones, como parte de una marcha multitudinaria, o sentados solos en nuestra habitación, si le hablamos a Dios con convicción, Dios nos escucha.

Dios escucha, pero ¿actuará?  La Biblia no tiene una respuesta determinada a esa pregunta. No puede. Primero, porque se trata de dos partes, Dios y el que se lamenta; cada cual, a su manera, es un misterio que no admite predicción. Tampoco puede porque la oración es un diálogo, y nadie puede decir a dónde irá a parar un verdadero diálogo. Y, por último, no puede porque Dios es al mismo tiempo fiel y libre. Si Dios siempre contestara ¿cómo podría mantenerse libre?; si Dios nunca contestara, ¿cómo podría mantenerse fiel? Es un misterio con el que tenemos que vivir, tal y como vivimos con el misterio en el meollo de toda relación. 

Algunas veces Dios no actúa. En el libro de Jeremías, la gente se lamenta, pero Dios no se conmueve, porque reconoce que no lo hacen por confianza, sino por ese egoísmo de sentirse con derecho que hace huecas sus oraciones, aún las de arrepentimiento (14:1-10).  El Salmo 88, un ejemplo clásico de lamento genuino, termina en tinieblas, no en rescate.  Y probablemente el ejemplo más conmovedor, el Libro de las Lamentaciones en su totalidad, no nos muestra ninguna indicación de que Dios haya oído o hecho nada.  

Pero esas son excepciones. El testimonio constante de la Biblia, en los más de 50 salmos de lamento, es que Dios escucha y actúa. Cada uno de estos salmos tiene dos elementos: súplica  y alabanza. En algún momento, el que está suplicando repentinamente comienza a alabar a Dios por contestar la súplica. El texto no nos dice cuál es la naturaleza de esta transformación, lo que sucede en este umbral, cuando la celebración reemplaza a la tristeza.  Pero sea lo que sea, sucede con tal regularidad que – dejando lugar para el misterio de la fidelidad y la libertad – no podemos negar un fuerte elemento de certidumbre.

En el lamento bíblico, el que habla está convencido de que Dios va a actuar. ¿De dónde proviene esta convicción? Proviene de una fuente que los Amigos consideran muy valiosa: la experiencia. La Biblia expresa las acumuladas experiencias de los fieles – experiencias tales como ser liberados de la esclavitud en Egipto, y ser alimentados cada día en el desierto. Los israelitas no preservaron estas experiencias como piezas de museo, sino que las retenían como modelos prácticos que les guiaban y les daban significado a sus experiencias en todo momento presente – hasta el extremo en que el presente se refundía de acuerdo con el pasado, o el pasado se enmendaba para iluminar el presente.

Cada una de estas experiencias testificaba de la presencia activa de Dios. Al multiplicarse las experiencias a través de las generaciones, empezaron a surgir patrones. Con el paso del tiempo los israelitas discernieron las características de los actos de Dios que ellos expresaron en una convicción esencial – de la misma manera que los Amigos expresan la convicción esencial de “lo que hay de Dios en cada cual.” Los israelitas describieron las características permanentes de Dios como “misericordioso, clemente, lento para la ira, y firme en el amor duradero y la fidelidad.” Estas convicciones resuenan a través de todo el Antiguo Testamento. Son el lema de la fe de Israel, la certidumbre contra la cual todas las circunstancias se miden.  

Quizás encuentres tal expresión demasiado positiva y optimista – especialmente si has sufrido un aluvión de historias de fuego y azufre de la Biblia, cuentos de un Dios vengativo y un pueblo violento.  Las historias están ahí, pero no representan el testimonio bíblico consistente. Sí, a veces los israelitas experimentaron un Dios que no les protegió de las consecuencias de sus acciones. Pero el Dios que ellos experimentaron de manera constante era un Dios “misericordioso, clemente, lento para la ira, y firme en el amor duradero y la fidelidad.”  Era el Dios de la abundancia quien, desde un principio, invitó a la tierra a producir todo tipo de alimento, e invitó a los terrícolas a crecer y multiplicarse, asegurándoles que había suficiente para todos.

Lo que cimienta la confianza que hizo brotar el lamento es una experiencia de bondad.  Excepto que los israelitas no conocían “la bondad” – era un término demasiado abstracto para ellos o para su lenguaje.  Conocían “bueno”; el bien concreto palpable – lo mismo que Dios llamó a las cosas “buenas” durante los días de la creación, y “muy bueno” al final del sexto día. La experiencia de las cosas buenas de Dios nos da la confianza que hace posible el lamento.  

Si hemos de confiar que nuestros lamentos pueden lograr que Dios se comprometa a resolver las desigualdades del mundo, ¿no necesitamos la misma experiencia de la bondad de Dios, reflejada de manera concreta en las cosas que nos rodean? ¿Y cómo es eso posible en un mundo atormentado por la contaminación ambiental, el conflicto armado, el hambre, la enfermedad, la pobreza, la explotación, el engaño y la avaricia?

Mira a tu alrededor – sí, literalmente alrededor tuyo. ¿No ves la bondad? Ve lo que es bueno en el mundo: gente que se preocupa por otros, y por la tierra, la perfección de la oreja de un recién nacido, de una semilla que se hace árbol, o de las moléculas microcósmicas que reflejan el movimiento del universo (y viceversa). Mira a los que hacen vigilia junto a las camas en los hospitales, o a los que hablan suave ante el enojo, o a los que ayudan a las víctimas de los desastres.

El mensaje bíblico destaca que nada es fortuito, nada preordenado.  Es el reflejo visible de un Dios bueno y amoroso que actúa en y a través de la creación, da testimonio que el shalom permanece viviente y activo. Tales son las experiencias que convencieron a la gente de la Biblia que su Dios tomaba parte en sus vidas. ¿Por qué ha de ser diferente para nosotros?  Ayudemos, entonces, en compañía de Dios, a restaurar shalom al mundo practicando el lamento.

 

 

SOBRE EL AUTOR

 

Anthony Prete es miembro de la Junta Mensual Filadelfia Central en la Junta Anual de Filadelfia.  El describe sus estudios bíblicos de la siguiente manera:

 

“Aunque estudié la Biblia como parte de mi formación en un seminario católico, sólo empecé a tomarla en serio hace unos 15 años, cuando asistí a una serie de conferencias que me hicieron consciente del mundo moderno de estudios bíblicos; un gran contraste con mi educación tradicional en el seminario.  Otra influencia poderosa ha sido el especialista bíblico Walter Brueggemann, mi mentor y amigo, quien combina la investigación con una conciencia social.  Creo sinceramente que si la comprendemos bien, la Biblia puede enseñarnos mucho a los Amigos.  Mi esperanza es poder utilizar esta comprensión como manera de contrarrestar la falta de interés – y hasta hostilidad a veces – que algunos Amigos liberales muestran hacia la misma.”

 

 

LA ASOCIACION DE AMIGOS DE LOS AMIGOS

 

El programa de la Asociación de amigos de los Amigos (AAA) es un ministerio de literatura que funciona bajo los auspicios del Comité Mundial de Consulta de los Amigos.  A través de nuestros envíos de lecturas, buscamos honrar las voces de Amigos de distintos entornos, idiomas y tradiciones cuáqueras, e invitamos a todos a que entren en una comunidad espiritual con los Amigos.

 

La Asociación fue fundada en 1936 por Rufus M. Jones, un cuáquero norteamericano, profesor, activista y místico.  Su propósito era el de proveer un método para que las personas interesadas en las creencias y prácticas de los cuáqueros pudieran mantenerse en contacto con la Sociedad Religiosa de los Amigos, sin dejar su propia religión, si la tuvieran.  Hoy en día, los Asociados de la AAA viven en más de 90 países, e incluyen a personas no-Amigos, buscadores, Amigos que viven en circunstancias aisladas, y hasta miembros y asistentes activos de juntas e iglesias de los Amigos.  La Asociación no cobra ninguna cuota de inscripción, sino que depende de los donativos de sus lectores y la participación de otros interesados para cubrir sus gastos.

 

 

 

FWCC

 

 

 

 

 

La Asociación de amigos de los Amigos, un programa de

la Sección de las Américas del Comité Mundial de Consulta de los Amigos

 

Friends Center, 1506 Race Street, Philadelphia, PA 19102 USA

tel: 215. 241. 7293, fax: 215. 241. 7285

email: wqf@fwccamericas.org

website url: http://www.fwccamericas.org/about_us/programs/wqf_sp.shtml



[1] Esto que puede indicar un movimiento forzado del pueblo rural como parte de un programa de poner todo el terreno agrícolo bajo control del Faraón.  Otros manuscritos del hebreo tienen palabras muy parecidas con un significado muy diferente:  “y redujo al pueblo a la servidumbre.”


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